Cuando estamos dentro de algo, nunca podemos valorar lo que tenemos. Nos esforzamos en desear algo toda una vida y cuando lo conseguimos, estamos tan inmersos en mantenerlo que somos incapaces de ver con perspectiva y distancia los valores que nos aporta. Somos incautos, bohemios y hasta becqueranos por naturaleza. Nos arriesgamos al límite sin medir las consecuencias. Nos agarramos a un clavo ardiendo sin pensar por un segundo si el fuego es la valentía para seguir viviendo, o simplemente las cenizas de un incendio futuro que nos alertan de un peligro. Perdemos la capacidad de observar. Arriesgamos sin miedos y nos mostramos tal y como somos, sin tapujos, sin censuras, sin cortinas. No buscamos un futuro, buscamos un presente. Queremos levantarnos cada mañana con la sensación de que seguimos enganchados a esa noria que rueda infinitamente y de la que nosotros somos simples marionetas obstinadas en no bajar.
Cuando nos comportamos así, sólo existen dos caminos posibles para ese futuro que evitamos. O nos convertimos en incautos felices para siempre, o nos estrellamos con un muro de piedra en el que quedan enterrados nuestros sueños.
La valentía no es vivir un día a día sin pensar en el mañana. La valentía es vivirlo aprendiendo a valorar las cosas buenas y malas y decidiendo si ese es el futuro que queremos.
Si somos capaces de levantarnos cada amanecer estando seguros de que tenemos la vida que deseamos, entonces, la felicidad se manifestará a nuestro paso y no hará falta más. Si nos empeñamos en no valorar lo que tenemos en detrimento de lo que queremos, estaremos labrando el peor futuro posible: la falta de libertad.
Reflexionar sobre estas cosas me hace replantearme el destino cuando abro los ojos cada mañana y sé que tengo precisamente lo que quiero tener. A veces, la crítica también es positiva.