Cuando la magia ya no hace efecto sólo nos quedan los recuerdos. A veces un recuerdo es algo tan habitual como un simple gesto. Otras muchas, debemos buscarlo en palabras, vacías de definiciones, y cargadas de sueños por cumplir.
Caminando por la gran ciudad, el cemento gris de un día otoñal parecía más lleno de recuerdos que de cualquier otra cosa. Quizás el tiempo ayudase, quizás la armonía de sus miles de habitantes resignados a revivir después de un largo letargo, también. A cada paso, la memoria trataba de escapar furtiva al mundo de la fantasía. A cada aliento, la mente luchaba por rescatar cada uno de los miles de momentos que aún notaba como suyos, que aún sentía como truenos resplandeciendo en sus adentros. Puede que aquel fin de la "noche americana" de un Quique disfrazado de yanki acrecentase la sensibilidad. Puede que simplemente el sueño provocase una actividad masoquista inusual para un amanecer tan azul como los días más felices de Iván. Y sin embargo, la sangre cada vez corría con más nostalgia por las venas cargadas de resignación.
¿Cargarse de fuerza para recuperar los recuerdos y convertirlos en realidad plástica o conformarse con viejos vocablos llenos de resignación, pero terriblemente perfectos? A veces, el amanecer en la gran manzana puede ser terriblemente freudiano.
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