jueves, 11 de noviembre de 2010

La ciudad de las maravillas

Avanzaba la noche y las pisadas de Alicia transitaban sin rumbo por un paraíso demasiado maravilloso para ser real. Aquella ilusa joven no tenía la menor idea de dónde estaba ni a dónde quería ir, y sin embargo, en medio de una ciudad muerta y silenciosa se sentía más segura de lo que nunca había estado. Apenas contaba con unas cuantas notas en aquel aturdido bolsillo de un abrigo contaminado por el humo de los coches y el frío de la invernal madrugada. Mas en aquella carretera  abandonada a las afueras de la urbe, se sentía el ser más poderoso del planeta. Había encontrado un tesoro mucho mayor que cualquier joya material propia de ese absurdo capitalismo que nos rodea. Había descubierto el único arma capaz de disparar flores hippies en plena guerra de Kosovo o Crimea. Era feliz, su mirada perdida y esa sonrisa delatadora no podían ocultarlo durante mucho tiempo. Los miedos almacenados en su alma durante tantos años se habían escapado como pájaros libres capaces de encontrar un nido más vulnerable donde habitar. De nada habían servido los intentos de negación como bandera de un barco pirata condenado a naufragar. Esa noche la luna brillaba más menguante que nunca y Alicia sabía que la confianza que había encontrado en los brazos de aquel viejo pirata sólo podía disiparse en un eterno cielo crepuscular que acababa de empezar a despejarse.

Pero como todos los caminos sin rumbo, el final de los kms ocasionales llegó unas horas después a los piés de Alicia. Justo entonces, cuando ella se enfrentaba a los sueños más dulces destinados a cerrar una noche perfecta, sonó su móvil. Esta vez, la historia no tendría el final triste de cualquier telenovela dramática. Esta vez, los sueños eran más reales que cualquier deseo omnírico de mano de un pirata reconvertido en Sombrerero Loco.

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