Las oportunidades son la lotería navideña que todos deseamos y pocos obtienen.
La ciudad dormía bajo la fría helada anticipada de un invierno prematuro. El silencio acompañaba la nocturnidad, aparentemente apacible, mientras las agujas de aquel viejo reloj de cuerda continuaban su duelo acompasado. Los viejos recortes de prensa jugaban a acariciar palabras olvidadas sobre la vieja mesilla de noche. Y en esa paz tan poco usual en la metrópolis, su cabeza no podía dejar de recordar los miles de momentos perfectos que ahora sólo formaban parte del pasado.
Puede que cada segundo vivido al lado de aquella persona hubiera sido un premio. Puede que tal vez un descubrimiento hacia la madurez. Puede que simplemente el deseo de volver a confíar en la esperanza. Pero, ahora era tarde para planteamientos inútiles. Los segundos se habían convertido en minutos, los minutos en horas, las horas en días y los días en una suma de meses interminables unificados por la mera observación. La vida había pasado con la fuerza de un huracán por cada una de sus mutuas palabras y sin embargo, el tornado seguía ahora su paso sin barreras hacia una frontera más segura. La oportunidad había puesto un punto y final a su existencia. El arrepentimiento brotaba como única sabia roja de su corazón. Pero, en el fondo sabía que él se merecía algo mejor. El tiempo había perdido la batalla frente al miedo y la oportunidad había encontrado una cuna más mullida para continuar su viaje.
A veces las oportunidades son riesgo y nosotros decidimos hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Obviamente, aquella muchacha de ojos gatunos había perdido su tren. Pero esta vez, la estación parecía más ártica que nunca y a ella sólo le quedaba un billete con destino al mar.
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